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Escena 2 (fragmento)

La parsimonia del decorado en los pasillos del edificio pronunciándose a bostezos en el drama de la espera se desvanecía una vez dentro. La idea era llegar hasta esa habitación esperando que fuese la última; sin embargo, entrar era como ser escupida a la fuga en intemperie —un espacio dentro de otro descobijado de toda piel y desesperando de sí en todas las direcciones.


El picaporte ya había girado, y otro crujido que no era como el de sus huesos besó a Anna en la nuca y la dejó crisparse, imperceptible a la vista del testigo ocular crónicamente ausente y también a Anna misma que poco o casi nada ya sentía. El cauce que desde su coxis alimentaba miles de corrientes, fluía continuo por todos los nervios de su cuerpo, salpicando al tejido muscular, nervioso, epitelial, conectivo, y el grupo piloso. Un flujo como el bajo continuo de una sinfonía maldita, la columna vertebral de las notas que hacían audible la vida de Anna, aunque de ella no se diera cuenta, y a su vez la tornaran sorda. Era posible dejar de oírlo, pues siempre estaba ahí. ¿Le dolía menos por no "sentirlo" todo el tiempo? Este era el tipo de preguntas que tenía que responder en tres reglones, y tal vez podría ajustarse a esos tres reglones, pero conocía las prácticas lectivas de sus jueces: la pupila entraba en crisis al final del primer reglón y saltaba al último en busca de "peor" "igual" "incremento" y de no encontrar un modificador del tipo, repetirían la pregunta, ¿Cuánto le duele? 


—¿Cuánto? —se repetiría Anna. Deberían comenzar preguntando "cómo". Cuánto era incluso más relativo. Avecindado en la gramática de los números, lo calculable, equiparable; llegado este caso; habiendo caducado como cuantificador del dolor, cuánto había perdido la generalidad que lo acercaba a la justicia impresa en el logo que ocupaba la parte superior de los folios que archivaban su caso, y en todos aquellos casos en que el nivel basal de dolor habría sido tratado anteriormente con dosis lobotomizantes de morfoderivados —insostenibles en el presente.


El primer signo de este fracaso fueron las metáforas que aparecieron escritas entre reglones, suplementando las descripciones disponibles:


En un rango del 1 al 10, ¿cuánto le duele?

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Mientras aún se precisaba de la función descriptiva que el cuantificador no podía proporcionar, el espacio entre reglones y los bordes de las páginas recontaron el dolor.


—"Imagínese que usted quisiera que yo le escuchara, imagínese que precisa de mi exclusiva atención. Ahora imagínese que el ruido en esta habitación no me deja escuchar sus palabras, y cuando me pregunta ¿cuánto le duele? por más que quisiera, no podría responderle. Si ese fuese el caso, yo le pediría que, por favor, bajara el volumen, y si usted me preguntara cuánto, yo le tendría que decir que bastante, demasiado, que apagara de una vez la música, pues sólo podría ver cómo mueve los labios, no escucho, ni usted a mí. Prácticamente no puedo responderle, asumiendo que en principio esta fuese una posibilidad..." (esta última parte no cabía, y es imposible precisar si llegó a ser escrita alguna vez).


Se le había hecho poco el espacio entre reglones y los bordes de las páginas. No había espacio para la narrativa del dolor, que seguía creciendo, infecciosamente, deliciosamente.


Si en principio, mientras menos ruido hiciera más probabilidades tendría de sobrevivir, el desarrollo orgánico, articulado, del lenguaje del dolor que no era una consciencia, no era disimulable. El incremento geométrico de singularidad (a falta de otros términos que Anna seguía buscando) usaba información, vocales, sílabas, símbolos, y juntos eran como los pliegues del tapizado del sofá verde inmundo, sobrepuestos a los pliegues del empapelado crema —todas sus capas—, sobrepuestos a los mapas del alcantarillado de las villas romanas, y el mapa de todas las huellas que había dejado el carbono y los metros de las antiguas capitales antes de los fuegos, los hielos, las tormentas, pero los fuegos sobre todo. No se excluía la posibilidad de que se pudiera acceder por una sola puerta (aún si tras ella había otra) pero la mente humana no podía traducir el infinito sin crear otra metáfora.

Cuento corto, así como fue en menos de un año el testimonio del dolor perdió valor cuantificable: las metáforas, símiles y alegorías no eran contables, y la división de salud pública las descartó por imprecisas y excepcionales. Se multiplicaron, y la infraestructura humana disponible no pudo dar cuenta, las cláusulas seguían prohibiendo el uso de inteligencia artificial para procesar solicitudes de eutanasia.


El bastión del Departamento del Buen Morir (DDBM) no podía ser sujeto a cálculo ("el test de libre albedrío no estaba escrito en código"); —se insistía—, era un valor humano, ambigüedad que aportaba parte del maquillaje consensuado, la evidente ausencia de formalización agazapada en el resquicio de que tal vez no fuesen codificables, y eso que se arrancaba como un pescadito chiquito, eso, siempre adelante nuestro, lo hacía el único representante del futuro que no controlábamos —para mejor y peor.


De todas maneras, quedaron estas abstracciones incuantificables escritas entre reglones, que Anna intentaría recuperar más tarde para los archivos de la historia del algovirus que supervisaba, rescatadas casi cuando era demasiado tarde aludiendo a su valor expresivo "un caso de brote de lenguaje paralelo al código". Se lo creyeron.


Decían que no fue sino hasta que las metáforas se empezaron a volver pragmáticas que se adoptó una nueva rúbrica que en el presente todavía existía:


— ¿Cuánto? Lo suficiente como para proceder con mi solicitud si fuese garantizada el día de mañana. Esta era la opción uno, que además contenía otras cuatro:


A) la siguiente semana

B) durante las próximas cuatro semanas

C) dentro de los próximos tres meses

D) dentro de un año.


—¿Cuánto?


Keller parecía buscar un contraste en la expresión que ofrecía la mujer extendida en su sofá verde inmundo.


Ella: la viva imagen de la placidez desesperando de sí misma, pero sin arrancar de sí ni abandonarse. Esperando. De cara a la fogata, tibio el rostro al pavimento, y la lluvia se desata como quien dice algo que fue repetido sólo para que no se perdiera; un testamento en el gesto mudo y persistente de la boca cerrada sin callar nada. Anna estaba consciente, entendía lo que ustedes pueden entender ahora, que no han tenido que escribir entre reglones ni respirar con alivio la horizontalidad que proveía el sillón verde inmundo, la promesa de la posibilidad en el vacío espacio que ocupaba el departamento del buen morir. —Como la ambigüedad se transformó en sinónimo de libertad, de esa que desconocíamos, era otro capítulo de la historia que Anna no llegaría a narrar, pero al terminar su historia habría aportado pruebas substanciales para su futura reconstrucción. Su caso era un evento intrascendente a la luz de esta empresa, pero era sólo con esta en vistas que podía registrar otra entrevista como esta en su memoria, otra donde nada pasaba.

Keller preguntaba.


Anna escuchaba el tiempo abierto a la respuesta, sus propios ecos en palabras de otro tiempo, la pregunta proferida por un hombre similar, igualmente serio:


—¿Te duele mucho?


Un cosquilleo. Disimuló su risa.


Seguía en el sillón verde. Las persianas de madera terciaban sus piernas en rectángulos de gris y crema. Tajantes cuando soltaba los objetos que se avecinaban a la pupila contraída. Y cuando la soltaba, diluidos en los contornos espumosos, todos seguían ahí. Lo poco que había se repartía la luz insuficiente. Con los ojos apenas abiertos —todo pupilas— otra ceguera se ofrecía a la percepción.


Solicitada, en esa oficina, la muerte había trocado misterio por ineficiencia; su misteriosa demora casi incalculable por exasperante... nadie sabía cuándo iba a llegar. Ilocalizable en el nuevo orden de la Nueva República en que debíamos asumir existía, tal como si existiese, Keller celaba su entrega con todo el tiempo del mundo.


Su respiración no era más pausada que la de Anna, sus tejidos, tendones, color, parecían sugerir una irrigación similar en ambos cuerpos. Biológicamente —Anna especulaba— la vida les trascurría igual (si esta comparación era del todo posible), pero era evidente que el cuerpo de Keller persistía como si tuviese todo el tiempo del mundo.


La vida sin dolor era otra especie, y el espacio que dejaba la diferencia crueldad pura. Sus representantes vivían días más largos, contaban vasos medio llenos, a ratos tal vez se olvidaban de que tenían cuerpo, y eran solo eso. Esa oficina transpiraba contagio, pero nada de eso le tocaría a ella. En cambio, el aire inspirado y expirado en conjunto, los monólogos internos como subtítulos a la escena, el crujido del papel sobre el ruido que secretamente exasperante la volvía sorda y muda. ¿Dónde escondería un minuto que la dejara a solas con su tiempo mientras Keller extinguía el suyo —como si fuese suyo? El rostro del cuerpo erguido segmentado en tres bloques de luz y sombra, una caricia que otro rostro más humilde, con más dolor, tal vez hubiese acogido.


Fuera de ese bunker añoso nódulo análogo de la Nueva República, la radiación había reescrito la historia de la adaptación animal cerrando el capítulo con una tabla: la disminución exponencial y luego geométrica de todas las especies. El fin de la tabla incluía alusión a las posibles excepciones y la existencia de bancos genéticos, el semillero que reprobaría el mundo cuando se reestablecieran los ecosistemas.


La muerte y su matemática en quiebra.


El capítulo cerraba con tres observaciones:


A) La pérdida de hábitat es una de las principales causantes de la muerte de las especies.


Claro, el hambre acentuó el curso de la migración de manera visible. Anna recordaba haber convivido con coyotes por un periodo breve. Y no preguntó si podían cuidarlos para que se quedaran a vivir con ellos; Sabía que en su círculo no se podían costear mascotas; las raciones de comida y agua estaban calculadas para el mínimo sustentable de acuerdo a edad, bioidentidad y nivel de actividad. No estaba prohibido compartir la propia ración, pero su incurrencia sistemática derivaría en el reajuste de las porciones al generar pruebas de que se podía vivir con menos.


Por eso de pequeña Anna optó por educarse. En ese tiempo existía un porcentaje de personas que transformaban el conocimiento sobre la información en la "suerte" que carecían al nacer donde lo hicieron.


Mucho antes que los coyotes fueron los macacos de Bali que vivían en las ruinas de floresta adyacente a los templos. Por casi cincuenta años, estos macacos comieron la misma dieta y bebieron el mismo agua que los turistas cargaban en sus mochilas, abiertas tan pronto se le quitaba al humano uno de sus objetos totémicos. El regateo tomaba menos de un minuto, sin cruzar miradas, como si se tratara de un papelillo de cocaína, o como una que no aguantaban este calor y el siseo que emitía el cuero cabelludo —que se cocina antes que todo el resto.


¿Acaso esa historia no necesitaba narrarse también?

¿Acaso ellos no necesitaban narrarse?


Así como se turnan las parejas humanas para soltar sus monólogos y pedir confirmación, como los blogs, las conversaciones en las casas con familias, los susurros de les enamorados, los medios de comunicación —oficiales, sociales, improvisados, y todos los que repetían lo que ahí se decía. La sola idea de que hubiese otra vida desplazándose por la superficie externa podía desatar un ataque de angustia. Y no pensar en eso se sentía peor, como eliminar de un borrón el mundo, o diluir la palabra hasta hacerla homeopática.

La muerte que consultaba en el oráculo de las páginas que de vez en cuando se dejaban escuchar como el crujido de hojas; esa muerte que entre la casta sustentable habían conseguido transformar en un privilegio solo porque podías asistir de pie a su reticencia. Lo que se da como reticencia= aproximación floja a lo que estaba sucediendo (habían otras narrativas,  incluso no institucionales, pero igualmente insatisfactorias, como el hambre que se escucha en la tripa pero no apetece nada, malacostumbrada a si misma se seguía prefiriendo o constatando como el aliento proyectado para la propia nariz, tal vez a veces reprochable pero no alarmante, así mismo, prefería seguir infringiéndose su propio eco; como el óseo replicar que Keller pretendía recuperar de esas páginas blancas; tres reglones, caracteres 0; un punto (por formalidad).


La demora era incomprensible.


En términos estrictos su muerte no sería una responsabilidad. Había consecuencias por los actos cometidos en vida, pero la consecuencia de los actos que terminaban con ella no recaía ni en Anna ni en nadie. No obstante, el departamento del buen morir también tenía que asegurarse de qué esta ausencia de reflexividad no incurriese en falta de agencia. Las formas de determinismo que la nueva República podía cargar en la función que reemplazaba lo que metafóricamente podríamos llamar conciencia se restringía a lo evidente.

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